sábado, 13 de junio de 2009

Notícies

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1.- Hoy Recogida de alimentos y . Colecta para Caritas diocesana.
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2.- El miércoles próximo, la Eucaristía se adelanta a las 5,30 de la tarde y se celebra el final de curso de la formación Bíblica.
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3.- El jueves a las 6 de la tarde, final de curso del Grup de Vida Creixent.
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4.-, Poner la X en la declaración de la Renta: Podemos poner las dos X, tanto en el apartado Iglesia Católica, como en el apartado “Otros fines sociales”; en el primer caso todo irá a la Iglesia, en el segundo una parte a través de Caritas. Podéis informarnos leyendo el periódico “X TANTOS” que encontraréis en la mesa de la entrada del templo.

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Corpus Christi

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COMULGAR

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"Dichosos los llamados a la cena del Señor". Así dice el sacerdote mientras muestra a todo el pueblo el pan eucarístico antes de comenzar su distribución. ¿Qué eco tienen hoy estas palabras en quienes las escuchan?
Son muchos, sin duda, los que se sienten dichosos de poder acercarse a comulgar para encontrarse con Cristo y alimentar en él su vida y su fe. No pocos se levantan automáticamente para realizar una vez más un gesto rutinario y vacío de vida. Un número importante de personas no se sienten llamadas a participar y tampoco experimentan por ello insatisfacción ni pena alguna.
Y, sin embargo, comulgar puede ser para el cristiano el gesto más importante y central de toda la semana, si se hace con toda su expresividad y dinamismo.
La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando todos una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.
No se trata de rezar un "Padre nuestro" dentro de la misa. Esta oración adquiere una profundidad especial en este momento. El gesto del sacerdote con las manos abiertas y alzadas es una invitación a adoptar una actitud confiada de invocación.
Las peticiones resuenan de una manera diferente al ir a comulgar: "danos el pan" y alimenta nuestra vida en esta comunión; "venga tu Reino" y venga Cristo a esta comunidad; "perdona nuestras ofensas" y prepáranos a recibir a tu Hijo...
La preparación continúa con el abrazo de paz, gesto sugestivo y lleno de fuerza que nos invita a romper los aislamientos, las distancias y la insolidaridad egoísta. El rito, precedido por una doble oración en que se pide la paz, no es simplemente un gesto de amistad. Expresa el compromiso de vivir contagiando "la paz del Señor", restañando heridas, eliminando odios, reavivando el sentido de fraternidad, despertando la solidaridad.
La invocación "Señor, no soy digno", dicha con fe humilde y con el deseo de vivir de manera más sana es el último gesto antes de acercarse cantando a recibir al Señor. La mano extendida y abierta expresa la actitud de quien, pobre e indigente, se abre a recibir el pan de la vida.

El silencio agradecido y confiado que nos hace conscientes de la cercanía de Cristo y de su presencia viva en nosotros, la oración de toda la comunidad cristiana y la última bendición ponen fin a la comunión.

Una pregunta en esta festividad del "Corpus Christi". ¿No se reafirmaría nuestra fe si acertáramos a comulgar con más hondura?


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Nosotros hablamos de «misa» o de «Eucaristía». Pero los primeros cristianos la llamaban «la cena del Señor» o incluso «la mesa del Señor». Tenían todavía muy presente que celebrar la Eucaristía no es sino actualizar la cena que Jesús compartió con sus discípulos la víspera de su ejecución. Pero, como advierten hoy los exégetas, aquella «última cena» fue solamente la última de una larga cadena de comidas y cenas que Jesús acostumbraba celebrar con toda clase de gentes.
Las comidas tenían entre los judíos un carácter sagrado que a nosotros hoy se nos escapa. Para una mente judía el alimento viene de Dios. Por eso, la mejor manera de tomarlo es sentarse a la mesa en actitud de acción de gracias y compartiendo el pan y el vino como hermanos.
La comida no era sólo para alimentarse, sino el momento mejor para sentirse todos unidos y en comunión con Dios, sobre todo el día sagrado del sábado en que se comía, se cantaba, se escuchaba la Palabra de Dios y se disfrutaba de una larga sobremesa.
Por eso, los judíos no se sentaban a la mesa con cualquiera. ! No se come con extraños o desconocidos. Menos aún, con pecadores, impuros o gente despreciable. ¿Cómo compartir el pan, la amistad y la oración con quienes viven lejos de la amistad de Dios?
La actuación de Jesús resultó sorprendente y escandalosa. Jesús no seleccionaba a sus comensales. Se sentaba a la mesa con publicanos, dejaba que se le acercaran las prostitutas, comía con gente impura y marginada, excluida de la Alianza con Dios. Los acogía no como moralista sino como amigo. Su mesa estaba abierta a todos, sin excluir a nadie. Su mensaje era claro: todos tienen un lugar en el corazón de Dios.
Después de veinte siglos de cristianismo, la Eucaristía puede parecer hoy una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas. Parece que se han de acercar a comulgar con Cristo quienes se sientan dignos de recibirlo con alma pura. Sin embargo, la «mesa del Señor» está abierta a todos como siempre.
La Eucaristía es para personas abatidas y humilladas que anhelan paz y respiro; para pecadores que buscan perdón y consuelo; para gentes que viven con el corazón roto hambreando amor y amistad.
Jesús no viene al altar para los justos, sino para los pecadores; no se ofrece a los sanos, sino a los enfermos. Es bueno recordarlo en la fiesta del Corpus.

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ENCUENTRO PERSONAL
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Hace unos años, quienes se acercaban a recibir la comunión, adoptaban después de comulgar una actitud peculiar de silencio y recogimiento sagrado. Hoy, por lo general, no es así. Se entonan cantos de alabanza y acción de gracias, se subraya más la participación comunitaria, pero se corre el riesgo de restarle hondura a la comunión personal con Cristo. Falta a veces el silencio y la unción que permitirían un encuentro más vivo con él. El riesgo es evidente: convertir la comunión en un rito externo y rutinario que «anuncia» el final ya cercano de la misa.
Sin embargo, comulgar no es «hacer algo», sino «encontrarnos con alguien». La comunión sacramental es para el creyente un encuentro personal con Cristo, cargado de misterio, de gracia y de fe. Cristo sale a nuestro encuentro y nosotros vamos al encuentro de Cristo. Como todo encuentro interpersonal, también éste pide atención consciente, entrega confiada y, sobre todo, amor..
Es cierto que, en la comunión eucarística, Cristo se ofrece siempre, de manera segura e indefectible (la teología clásica hablaba del ex opere operato). Pero, para que este ofrecimiento objetivo se haga realidad personal en cada creyente, es necesaria la respuesta libre y consciente de quien se acerca a comulgar (el opus operantis de los teólogos).
Dicho de manera sencilla, el encuentro eucarístico con Cristo exige, antes que nada, una atención consciente. Recordar con quién me voy a encontrar, qué es lo que conozco de Cristo, qué espero de él, qué significa para mí. Cada cristiano tiene su idea personal de Cristo, más o menos clara, más o menos interiorizada. La comunión con Cristo no es un «encuentro a ciegas». Al acercarnos a comulgar, sabemos a quién buscamos.
Pero el encuentro pide, sobre todo, amor y entrega confiada. Las personas se encuentran de manera más plena cuando entre ellas se establece un diálogo confiado y una comunicación amistosa y cordial. Lo mismo sucede en la comunión eucarística.
Lo más importante es el diálogo entre Cristo y el creyente que busca la presencia de la persona amada.
Todo esto no son palabras. Es la experiencia de quien comulga con fe. La presencia de Cristo se hace entonces más real, su Persona adquiere un significado más profundo, crece la confianza del creyente. Cristo es el Absoluto que no puede faltar, el horizonte de todas las experiencias, la fuente que llena la vida de fortaleza, de paz y de alegría interior. La comunión de cada domingo no es un rito más. Puede ser el encuentro vital que alimenta y fortalece nuestra fe. Es bueno recordarlo en esta fiesta del Corpus Christi.

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domingo, 7 de junio de 2009

Número 22 de 7 de juny de 2009

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Calendari d'activitats
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Diumenge 07:.......... Misses a les 10, a les 12 i a les 20 h.
Dilluns 08:.............. 19 h. Curs bíblic
Dimecres 10:........... 18 h. Rosari.
Dimecres 10:........... 19,30 h. Eucaristia.
Dijous 11:............... Corpus Christi: Eucaristia a les 10 h i exposició Santíssim 13 h. Pregària final.
Divendres 12:......... 20 h. Eucaristia pels difunts.
Dissabte 13:............ 17,30 h. Consell parroquial.
Dissabte 13:............ 20 h. Eucaristia.
Diumenge 14:......... Misses a les 10 h. a les 12 h. i a les 20 h.
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Notícies


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1.- El jueves próximo, festividad de Corpus Christi a Cornellà, actos eucarísticos, por la mañana en la parroquia. A las 20 h. Misa en Santa María.
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2.- El próximo fin de semana, recogida de alimentos, los que participan en Ayuda Fraterna, Rosa y Maravillas, nos recomiendan que traigamos, si es posible: Aceite, Conservas, Legumbres en grano o cocidas y Leche. También se necesita: Líquidos para la limpieza de casa y de aseo personal así como polvos para lavadora. Colecta para Caritas diocesana.
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3.- Cena solidaria, preparando el campo de trabajo en Paraguay. Organizan las claretianas, para el próximo viernes, día 12, a las 9 de la noche, en el SAMC. Precio 6 €. Compremos los tickets antes. También se puede colaborar con la “fila cero”, se compra un ticket pero no se asiste a la cena.
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4.-, Poner la X en la declaración de la Renta: Podemos poner las dos X, tanto en el apartado Iglesia Católica, como en el apartado “Otros fines sociales”; en el primer caso todo irá a la Iglesia, en el segundo una parte a través de Caritas. Podéis informarnos leyendo el periódico “X TANTOS” que encontraréis en la mesa de la entrada del templo.
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5- El próximo domingo, día 14, toda la diócesis celebra la fiesta de Corpus Christi, en la plaza de la Catedral a las 6 de la tarde, el Sr. Cardenal, invita a toda la Iglesia diocesana a celebrar juntos este día, donde además de la Eucaristía y la procesión por las calles de Barcelona, tendrá lugar el final del Plan pastoral. Los interesados pueden ir en metro Línea 5 y línea 3, bajando en Liceo o Pl. Catalunya. Tranvía hasta María Cristina y L3, o Tren hasta Plaza Catalunya.
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6.- Colecta para Caritas Diocesana, el día de Corpus, la Iglesia lo tiene señalado como el día del Amor Fraterno y se hace una colecta a nivel de toda la Diócesis con la finalidad de potenciar la solidaridad con aquellos que en estos momentos de crisis pero lo pasan.
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DIOS ES HUMILDE



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En otros tiempos, "Dios" fue una palabra llena de sentido para muchos hombres y mujeres. Hoy son cada vez más los que se avergüenzan de hablar de Dios de manera seria. Para muchos, Dios trae malos recuerdos. No interesa pensar en él. Es mejor «pasar» de Dios.
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¿Cuál es la raíz profunda de este «ateismo mediocre» que sigue creciendo en el corazón de tantos que, incluso, se llaman cristianos? Quizás, muchos de ellos han experimentado a Dios como alguien prepotente, tirano poderoso ante el que tenemos que defender nuestra libertad, rival invencible que nos roba la espontaneidad y la felicidad.
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Sin darse cuenta están matando en su corazón a este Dios indeseado porque están secretamente convencidos de que es un ser prepotente que nos estropea la vida avasallando nuestra libertad.
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No saben que ese Dios tirano y dominador contra el que inconscientemente se rebelan, es un fantasma que no existe en la realidad. La clave para recuperar de nuevo la fe en el verdadero Dios sería, para muchos, descubrir que Dios es amigo humilde y respetuoso.
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Dios no es un ídolo satisfecho de sí mismo y de su poder. No es un tirano narcisista que se goza y se complace en su omnipotencia. Dios no grita, no se impone, no coacciona. Dios no se exhibe. No se ofrece en espectáculo. Son muchos los que se quejan de que Dios es demasiado invisible y no interviene espectacularmente en nuestras vidas, ni siquiera para reaccionar ante tantas injusticias. No han descubierto todavía que Dios es invisible porque es discreto y respeta hasta el final la libertad de los hombres.
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La fiesta de la Trinidad nos vuelve a recordar algo que olvidamos una y otra vez. Dios sólo es Amor y su gloria y su poder consiste sólo en amar.
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Para nosotros, la gloria siempre es algo ambiguo y nos sugiere renombre, éxito por encima de todo, triunfo sobre los demás, poder que puede con los otros... La gloria de Dios es otra cosa. Dios sólo es amor y, precisamente por eso, no puede sino amar. Dios no puede manipular, humillar, abusar, destruir. Dios sólo puede acercarse a nosotros para que nosotros podamos ser nosotros mismos. «La gloria de Dios consiste en que el hombre esté lleno de vida» como dice S. Ireneo.
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Muchos hombres y mujeres cambiarían su actitud ante Dios si descubrieran que su idea de Dios es una «degradación lamentable» y si aprendieran a creer en un Dios humilde y respetuoso, amigo de la vida y la felicidad de los hombres, un Dios que no sabe ni puede hacer otra cosa que querernos.
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MINIATURA DE DIOS


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A lo largo de veinte siglos de cristianismo, grandes teólogos han escrito estudios profundos sobre la Trinidad, tratando de pensar conceptualmente el misterio de Dios. Sin embargo, ellos mismos dicen que, para saber de Dios, lo importante no es «discurrir» mucho, sino «saber» algo del amor.
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La razón es sencilla. La teología cristiana viene a decir, en definitiva, que Dios es Amor. No es una realidad fría e impersonal, un ser triste, solitario y narcisista. No hemos de imaginarlo como poder impenetrable, encerrado en sí mismo. En su ser más íntimo, Dios es amor, vida compartida, amistad gozosa, diálogo, entrega mutua, abrazo, comunión de personas.
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Lo grande es que nosotros estamos hechos a imagen de ese Dios. El ser humano es una especie de «miniatura» de Dios. Es fácil intuirlo. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados, siempre que sabemos acoger y buscamos ser acogidos, cuando disfrutamos compartiendo una amistad que nos hace crecer, cuando sabemos dar y recibir vida, estamos saboreando el «amor trinitario» de Dios. Ese amor que brota en nosotros proviene de él.
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Por eso, el mejor camino para aproximarnos al misterio de Dios no son los libros que hablan de él, sino las experiencias amorosas que se nos regalan en la vida. Cuando dos jóvenes se besan, cuando dos enamorados se entregan mutuamente, cuando dos esposos hacen brotar de su amor una nueva vida, están viviendo experiencias que, incluso cuando son torpes e imperfectas, apuntan hacia Dios.
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Quien no sabe nada de dar y recibir amor, quien no sabe compartir ni dialogar, quien solo se escucha a sí mismo, quien se cierra a toda amistad, quien busca su propio interés, quien sólo sabe ganar dinero, competir y triunfar, ¿qué puede saber de Dios?
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El amor trinitario de Dios no es un amor excluyente, un «amor egoísta» entre tres. Es amor que se difunde y regala a todas las criaturas. Por eso, quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede incluso «enamorarse» de los más pobres y pequeños, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios.

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RECUPERAR UN SIMBOLO


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Los gestos simbólicos pueden ayudarnos a vivir la existencia con más hondura, pero, repetidos de manera distraída, pueden convertirse en algo mecánico y rutinario, vacío de todo significado vital.
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Así sucede con frecuencia con esa cruz que los cristianos hemos aprendido desde niños a trazar sobre nosotros mismos y que resume toda nuestra fe sobre el misterio de Dios y sobre el espíritu que ha de animar nuestra vida entera.
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Esa cruz es "la señal del cristiano" que ilumina nuestro caminar diario. Ella nos recuerda a un Dios cercano, entregado por nosotros. Esa cruz nos da esperanza. Nos enseña el camino. Nos asegura la victoria final en Cristo resucitado.
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Pero ese gesto tiene un significado más hondo. Al hacer la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, consagramos nuestra frente, boca y pecho, expresando así el deseo de acoger el misterio de Dios Trinidad en nosotros y la trayectoria que queremos dar a nuestra vida.
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Esto es lo que queremos: que los pensamientos que elabora nuestra mente, las palabras que pronuncia nuestra boca, los sentimientos y deseos que nacen de nuestro pecho, sean los de un hombre o mujer que viva "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
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El gesto nos anima así a superar la dispersión de nuestra vida unificando todas nuestras actividades para vivir desde una confianza total en el Padre, siguiendo fielmente al Hijo encarnado en Jesús, dejándonos impulsar por la acción del Espíritu en nosotros.
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Al mismo tiempo, este gesto realizado conscientemente en medio de una sociedad que va vaciando la vida de su grandeza y misterio, nos invita a vivir adorando el misterio trinitario de Dios, origen, fundamento y meta última de toda la creación, y dándole gracias por el don misterioso de la vida.
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El creyente vive envuelto por este símbolo tan expresivo. Lo hacemos al comenzar la Eucaristía y al recibir la bendición final, al iniciar y terminar una oración, al bendecir la mesa, al empezar el día y al acostarnos. Si lo hiciéramos de manera consciente, podría ser un mensaje de alegría y salvación en medio de nuestra vida.
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En esta fiesta de la Trinidad hemos de recordar que el misterio de la Trinidad no es un asunto para la reflexión exclusiva de los teólogos o la experiencia de los místicos. También un humilde creyente, alejado incluso de la práctica religiosa, puede elevar su corazón hasta Dios y santiguarse despacio en el nombre de la Trinidad, agradeciendo arrepentido su perdón y alabando gozoso su amor insondable.
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