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viernes, 8 de abril de 2011

Yo soy la resurrección y la vida dice el Señor.


YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA, DICE EL SEÑOR
La muerte tiene varias aristas, el fragmento del evangelio de hoy, nos las muestra. Es la ayuda que el Señor hace a nuestro vivir y el sentido de nuestro morir, veamos:



LA MUERTE ES UNA TRAGEDIA



El intenso dolor y sufrimiento que experimentan Marta y María por la muerte de su querido hermano Lázaro no nos es ajeno. ¿Quién no ha visto o también experimentado en carne propia el profundo e intenso dolor que produce la muerte de un ser querido? Y sabemos bien que mientras más se ama a la persona, más intensamente se sufre por la física separación ocasionada por la muerte. Por eso decían también los judíos al ver llorar a Jesús al acercarse a la tumba de Lázaro: «¡mirad como lo quería!» (Jn 11,36)

El dolor y el drama que viven aquellos que ven morir a los suyos, ya sea por un inesperado accidente, por un cáncer o alguna otra enfermedad, por la guerra, por el hambre o por cualquier otra razón, es una experiencia brutal y desoladora. El sufrimiento llega a tanto que pareciera que “una espada atraviesa el propio corazón”. ¡Y cuántos en medio de su desolación y llanto incontenible alzan su voz a Dios para reprocharle de modo semejante a como lo hicieron Marta y María: “¿Por qué, Señor, no estabas con nosotros cuando más te necesitábamos? ¿Por qué no lo salvaste?

¿Por qué te lo llevaste? ¿Por qué permitiste que muriera? ¿Por qué no escuchaste nuestra súplica angustiada? ¿Por qué nos escondiste tu rostro (ver Sal 43,23-25)?”. No pocas veces se despierta incluso la rebeldía en nuestros corazones, rebeldía que a veces puede llegar incluso a renegar de Dios, a desconfiar de su amor, a perder la fe y a cerrarse totalmente a Él: “¡Si existieras, si fueras un Dios de misericordia, me habrías escuchado, habría actuado! ¡Dios no existe!” ¡Cuántos “castigando” a Dios con su rebeldía, endureciendo el corazón y apartándose de Él terminan hundiéndose en la más espesa amargura y soledad! Esto es lo que pretende la muerte, desesperarnos, abandonar la fe como enemigo que es.

El milagro que el Señor realizó con Lázaro sale hoy a nuestro encuentro y es un signo esperanzador para cada uno de nosotros y para toda la humanidad: Cristo nos asegura que Él es la resurrección y la vida de los hombres, y que por tanto la muerte no tendrá la última palabra sobre nosotros o sobre nuestros seres queridos. Al revivificar a Lázaro demuestra que Él es el Señor de la Vida. Su voz es potente, su palabra es eficaz, es creadora y también es vivificadora. Y Él, que devolvió la vida a Lázaro, Él que resucitó de entre los muertos rompiendo las ataduras del pecado y de la muerte, garantiza que resucitará de entre los muertos con un cuerpo glorioso como el suyo a quien crea en Él: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás». Ésta es su promesa, promesa de resurrección y de vida eterna. También el Señor nos pregunta a cada uno de nosotros en el hoy de nuestra historia: «¿Crees esto?» (Jn 11,26) Si decimos que creemos, vivamos de acuerdo a lo que creemos. Pues «¿de qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras?» (Santiago 2,14) ¡Que nuestra fe se exprese a través de nuestras obras! Porque «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Santiago 2,17).IV.



¿QUÉ DICEN LOS PADRES DE LA IGLESIA?

Con referencia a la revivificación de Lázaro y el poder de Cristo para revivificar y resucitar, comentando este fragmento, nos dicen:

San Agustín: «Porque la misma muerte no era para la muerte, sino para hacer un milagro, mediante el cual los hombres creerían en Cristo y evitarían la verdadera muerte. Por eso el Señor añade: “Para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella”, esto es, por la enfermedad».

San Agustín: «Dijo que dormía y era verdad, porque dormía para el Señor y sólo estaba muerto para los hombres, que no podían resucitarlo. Pero el Señor lo sacaba del sepulcro con tanta facilidad como tú tienes cuando despiertas a un hombre que duerme. Luego en virtud de su poder dijo que dormía, conforme a lo que dijo el Apóstol Pablo (1Tes 4,12): “No quiero que ignoréis respecto a los que duermen”. Los llamó dormidos porque predijo que habían de resucitar».

San Juan Crisóstomo: «Esta mujer había oído hablar a Cristo muchas cosas acerca de su resurrección. Pero el Señor manifiesta aún más su autoridad con estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida”, enseñando que no tiene necesidad de la ayuda de nadie, pues si la tuviere, ¿cómo había de ser la resurrección? Si Él mismo es la vida, no se circunscribe a un lugar determinado. Existiendo en todas partes, puede sanar en todos los lugares».

San Agustín: «Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”».

San Juan Crisóstomo: «No dijo: Resucita tú, sino, ven fuera, como hablándole a un vivo, a aquel que hacía poco había muerto. Y por eso no dijo: en el nombre del Padre, ven fuera; o: Padre resucítalo; sino que uniendo todas estas cosas y después de haber orado, hace brillar su poder por el acto mismo”



EL CATECISMO DE LA IGLESIA nos aclara la diferencia entre la resurrección de Cristo y las revivificaciones realizadas por Él



Número 646: “La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las “resurrecciones” que Él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial»



Número 640: Cristo resucitó «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. «El discípulo que Jesús amaba» (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo» (Jn 20, 6), «vio y creyó» (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro.



Número 994: La revivificación de Lázaro, signo de la futura resurrección: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en El y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos: Lázaro, el hijo de la viuda de Naím, la hija de Jairo. Este volver a la vida en la tierra, para morir al cabo de un tiempo, era signo y expresión de que Jesús tiene poder de resucitar anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, es de otro orden. Resucitar es continuar viviendo con un cuerpo vivificado por el Espíritu. Después de la resurrección, todo será espíritu. Ya no tendremos un cuerpo terrestre, tendremos un cuerpo celeste.

sábado, 26 de marzo de 2011

La GUERRA.

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Sabemos que a los creyentes todos los acontecimientos de la vida nos han de interesar porque Dios está presente y nos habla, nada es ajeno a la presencia de Dios. Su presencia, no su motor, nos ha de interrogar.
El Norte de África está en ebullición, los países de la ribera norte del Mediterráneo nos están sorprendiendo, nadie se pensaba que en todos esos países pudiera haber ese deseo, que ahora se ha convertido en clamor, a favor de la justicia y la democracia. La primera llamada, que sentimos nos ha de ayudar a reflexionar: ¿Por qué los pueblos se lo han tenido que hacer solos? Han sufrido, han sido oprimidos por dictadores y jerarcas que han dominado a sus pueblos, mientras ellos se enriquecían y occidente les daba toda clase de parabienes. Parabienes interesados, la moneda de cambio era el petróleo, el gas o la instalaciones de bases militares, ¿con qué pagábamos? Con Euros/Dólares, con armamento y con protección y amistad. Las víctimas eran sus pueblos. Han tenido que inmolarse para que nos demos cuenta del sufrimiento a que han estado sometidos durante años.
Ahora el enemigo del pueblo, los dictadores, pasan a ser los enemigos de nuestros gobiernos. Ahora hay que obligarles a marchar porque están masacrando a su pueblo. La segunda llamada es ¿por qué países con tantos sistemas de información, no han querido salir en defensa de los pueblos diariamente masacrados?
Como hemos llenado los países de arsenales bélicos, barcos y aviones de guerra que les hemos vendido, la única solución que se ha encontrado ha sido destruir aviones y arsenales. ¿No había otra solución? Estamos actuando en nombre de los pueblos sufrientes pero sin escucharlos.
¿Qué hay bajo la expresión de “defensa de los pueblos ante la masacre del dirigente”? No somos países generosos, más bien egoístas que todo lo convierten en dinero: Los pueblos abandonados a su suerte, durante años, han de saber que en el norte tienen grandes amigos que les apoyan. ¿Es esta toda la verdad? Sospecho que no. ¿La acción bélica se ha de entender como generosidad solidaria o inversión a cobrar? Pienso que será más esto último. ¿Hasta qué punto los pueblos “liberados” de los dictadores podrán programar su futuro sin hipotecas? ¿Los pueblos caminarán libres o tendrán tutores?
En el evangelio que leímos el miércoles pasado, ante la protesta de los discípulos por la demanda de poder para sus hijos de la madre de los zebedeos, Jesús responde: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate de muchos”. (Mt 20, 17-28).

Si la solución que tenemos para los conflictos es la guerra, la violencia del fuerte, ¿qué estamos enseñando a los niños, a los jóvenes, a los obreros que se quedan sin trabajo? ¿No había otros caminos para hacer justicia que no fuera el camino de las armas y la destrucción?
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sábado, 19 de marzo de 2011

El Apocalipsis.

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Algún alto personaje de la Comunidad europea ha calificado, lo que está pasando en Japón, de apocalíptico. Vaya por delante mi solidaridad con los vivos que tanto están sufriendo y mi oración por los muertos. De unos y otros parece que nos estamos olvidando, o los pasamos a un segundo termino ante la posible fusión y consiguiente explosión de los reactores de las centrales nucleares de una parte de Japón. Hay más miedo por lo que nos pueda tocar que solidaridad por las víctimas y los difíciles momentos que están viviendo.
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Utilizar la Biblia de manera sesgada, como he escuchado el viernes pasado por la mañana, para mostrar la situación que estamos viviendo a nivel mundial, no deja de ser una estafa interesada. Leían: “Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte, y el cielo fue retirado como un cielo que se renrolla, y todos los montes y las islas fueron removidas de sus asientos….” (Ap. 6, 12-15). Desde el Concilio Vaticano II sabemos que la Biblia se ha de coger en su conjunto y no en un texto determinado, así encontramos los siguientes textos: Mt 24, 4-14 y los paralelos Marcos 13, 14-23 y Lc 21, 20-24. Donde Jesús reconoce y anuncia que todo esto pasará, pero no como castigo sino como oportunidad para iniciar una nueva etapa donde se anunciará el Evangelio a todas las naciones y “entonces vendrá el fin” (Mt 24,14). Esta idea que el fin no será consecuencia de los terremotos, las guerras, las pestes y el hambre, sino de la evangelización y de la aceptación por todos los pueblos y personas de la Palabra de Dios, también lo remarca San Pablo al predecir que el triunfo de Cristo, después de haber fracasado como hombre Dios, según la lectura de algunos, será cuando consiga reconciliar a todos entre sí y con Dios, en términos coloquiales diremos cuando haya acabado su obra de regeneración de los hermanos, San Pablo, lo dice así: “.. luego el fin cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe Él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajos sus pies. El último enemigo en ser vencido será la muerte” (1Cor 15, 24-26).

Así pues, en nuestra mente y en nuestro corazón, no hemos de pensar mal de Dios, ni explicar que Él es el causante de tanto desastre y si ir preguntándonos por las causas de tanto sufrimiento y tanto desastre: ¿no será que estamos maltratando esta tierra sin control?. Veamos: explosiones atómicas subterráneas, ¿para qué? ¿para construir bombas y matar a más gente?. ¿No estamos vaciando la tierra de gas, de petróleo, etc.? y esos huecos ¿de qué se rellenan?. ¿No estamos sobrecargando determinados espacios con edificios monstruos, terriblemente pesados? Actuando así, ¿no corremos el riesgo de desequilibrar la tierra de su eje de rotación? Si actuamos así porque huir de responsabilidades y cargársela a Dios, como si fuera el responsable de tanto desastre y de tantas víctimas. Cuando se hacen la pregunta ¿dónde estaba Dios ese día y a esa hora? Los creyentes hemos de contestar, muriendo con las víctimas y llorando con todos aquellos que han de enterrar a los suyos y lo han perdido todo. Y este grito, desafiante, es evangelio, porque nos ha de ayudar a descubrir nuestro pecado y a caminar por el camino marcado por Jesucristo: humildad, sencillez, fraternidad, perdón, solidaridad, responsabilidad
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Os deseo continuar caminado por la cuaresma con espíritu de confianza en el Señor y de conversión personal y comunitaria.
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jueves, 17 de marzo de 2011

Por de Jesús.

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POR DE JESÚS
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José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat
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L'escena coneguda com "la transfiguració de Jesús" s’acaba d'una manera inesperada. Una veu vinguda de dalt esglaia els deixebles: «Aquest és el meu Fill, el meu estimat»: el que té el rostre transfigurat. «Escolteu-lo». No a Moisès, el legislador. No a Elies, el profeta. Escolteu Jesús. Només a ell.
«Els deixebles, en sentir-ho, es van prosternar amb el front fins a terra, plens de gran temor». Els aterra la presència propera del misteri de Déu, però també la por de viure en endavant escoltant només a Jesús. L'escena és insòlita: els deixebles preferits de Jesús caiguts per terra, plens de por, sense atrevir-se a reaccionar davant la veu de Déu.
L'actuació de Jesús és commovedora: «S'acostà» perquè sentissin la seva presència amistosa. «Els tocà» per infondre'ls força i confiança. I els digué unes paraules inoblidables: «Aixequeu-vos, no tingueu por». Poseu-vos dempeus i seguiu. No tingueu por de viure escoltant-me a mi.
És difícil ja d’amagar-ho. A l'Església tenim por d’escoltar Jesús. Una por soterrada que ens està paralitzant fins a impedir-nos de viure avui amb pau, amb confiança i amb audàcia després dels passos de Jesús, el nostre únic Senyor.
Tenim por de la innovació, però no de l'immobilisme que ens està allunyant cada vegada més dels homes i les dones d'avui. Es diria que l'únic que hem de fer en aquests temps de profunds canvis és conservar i repetir el passat. Què hi ha darrere d'aquesta por? ¿Fidelitat a Jesús o por a posar en "bots nous" el "vi nou" de l'Evangeli?
Tenim por d’unes celebracions més vives, més creatives i més expressives de la fe dels creients d'avui, però ens preocupa menys l'avorriment generalitzat de tants cristians bons que no poden sintonitzar ni vibrar amb el que allí s'està celebrant. Som més fidels a Jesús urgint minuciosament les normes litúrgiques, o ens fa por "fer memòria" d'ell celebrant la nostra fe amb més veritat i creativitat?
Tenim por de la llibertat dels creients. Ens inquieta que el poble de Déu recuperi la paraula i digui en veu alta les seves aspiracions, o que els laics assumeixin la seva responsabilitat escoltant la veu de la seva consciència. En alguns creix el recel davant religiosos i religioses que busquen ser fidels al carisma profètic que han rebut de Déu. Tenim por d’escoltar el que l'Esperit pot estar dient a les nostres esglésies? No tenim por d’apagar l'Esperit en el poble de Déu?
Enmig de la seva Església Jesús continua viu, però necessitem sentir amb més fe la seva presència i escoltar amb menys por les seves paraules: «Aixequeu-vos, no tingueu por».
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Miedo a Jesús.

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2 Cuaresma (A) Mateo 17, 1-9
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MIEDO A JESÚS
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JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
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ECLESALIA, 16/03/11.- La escena conocida como "la transfiguración de Jesús" concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.
«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.
La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.
Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.
Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en "odres nuevos" el "vino nuevo" del Evangelio?
Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo "hacer memoria" de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?
Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?
En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
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viernes, 11 de marzo de 2011

La Vocación.

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Los pasados DOMINGO Y MIÉRCOLES, en la homilía, os decía que tanto en la dinámica de unir el decir con el hacer, para evitar la hipocresía, como en la dinámica del ayuno, abstinencia, oración y solidaridad con los necesitados, que nos propone la Cuaresma, sólo las deberíamos de entender desde la perspectiva de llamada y no de la obligación; si cayéramos en las redes de la obligación, os decía, que acabaríamos abandonando la dinámica religiosa o caeríamos en la rutina o el fanatismo. Hemos de potenciar y trabajar que nosotros estamos en la Iglesia y vivimos en la fe porque es respuesta a una llamada, no es una conquista personal, ni grupal.
Al aceptar que todo es llamada, entendemos que si Alguien nos llama será para decirnos algo o confiarnos algo. Sabemos que la pretensión de Jesucristo, fiel realizador de la voluntad del Padre, es que constituyamos un Pueblo nuevo cuya dinámica parte del abrazo Dios-hijos y que como nos dice San Pablo en su segunda carta a los Corintios “nosotros actuamos como enviados de Cristo” (2Co 5,20). Somos presencia activa de Cristo en medio de nuestra sociedad, de nuestra ciudad, de nuestro barrio.
Hemos de ser conscientes que la respuesta a las súplicas, que las personas hacen a Dios, en las diversas situaciones que viven, muchas veces pasa por nuestra respuesta y ese actuar tiene que ser avivado personalmente y en comunidad. Toda comunidad es un grupo estructurado, podremos decir que más bien o mal, y es responsabilidad de todos los que hemos respondido libremente a la llamada y nos hemos comprometido. Dicen que el Espíritu Santo no abandona nunca a su Iglesia, está siempre presente en el corazón de los bautizados, abriéndonos los ojos ante los acontecimientos que interrogan la vida de las personas para poder aportar una palabra de humanidad, de esperanza, de amor. Es el amor nuestro timbre de honor, es la comunidad quien nos ayudará a ser fieles y a vivir en constancia la llamada y la colaboración a construir Reino.
Desde los primeros tiempos de la Iglesia la comunidad ha sido dotada de toda una serie de servicios, uno de ellos es el de presidir la comunidad que se fue concretando en un miembro ordenado de la comunidad para esta misión o servicio. En la medida que vayamos entendiendo que después de la llamada primera, cuya respuesta, entre nosotros es el bautismo y la entrada en la comunidad, puede haber otras llamadas para que la comunidad pueda irse estructurando como pueblo-testigo del amor de Dios a las gentes, descubriremos que el presbítero no es otra cosa que respuesta a una llamada personal. El presbítero, se ha de entender como una llamada más, por eso el lema de la campaña de este año es “el presbítero, regalo de Dios para nuestro mundo”. Muchos bautizados ni se han enterado que el Señor les confía esta misión y no se han enterado por varios motivos: Un primer motivo puede ser que nadie les haya enseñado a escuchar y no escuchan porque no conocen, es el gran pecado del analfabetismo de la Escritura y de la oración de nuestras comunidades actuales. Un segundo motivo es que como las bases no son buenas, no se descubre el amor gratuito y la confianza gratuita que el Señor tiene depositada en nosotros y no se disfruta porque se piensan que es una obligación impuesta y un esfuerzo personal que hoy no tiene sentido. No se descubre la llamada a la libertad, la confianza infinita.
Las vocaciones, surgen en un porcentaje muy alto en las comunidades, entre gentes sencillas, humildes y a veces sin poder económico, trabajadores, gentes en paro, estudiosos, jubilados. Que en algún momento alguien les ha dicho sabes si el Señor te llama, y le ayuda a preguntarse si podría ser un buen presbítero. Y le anima a dialogar con el Señor y ver si los intereses y opciones que le mueven van a favor o en contra de la respuesta bautismal, Señalando siempre que para el Señor “nada hay imposible”.
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