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martes, 26 de febrero de 2013


 

 

CARTA AL EMMO. Y RVDMO. SEÑOR CARDENAL, ANTONIO Mª ROUCO Y VARELA

JUAN ZAPATERO, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es

BARCELONA. ECLESALIA, 21/02/13.

 

 

Eminentísimo y Reverendísimo Señor Antonio Mª Rouco y Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española.

Mi nombre es Juan Zapatero Ballesteros, sacerdote de la diócesis Barcelona, que se esfuerza por vivir el proyecto de Jesús, la mayor parte de veces con muy poco acierto, intentado servir lo más evangélicamente posible a la Iglesia desde la misión que se me ha confiado.

Antes de nada, quisiera pedirle que tuviera a bien disculpar este atrevimiento por mi parte, pues no en vano estoy convencido que tiene usted menesteres muy importantes que atender; más aún en estos momentos en qué, como Cardenal de la Santa Madre Iglesia, tengo la certeza que estará dedicado de lleno a la oración, pidiendo al Espíritu Santo que les asista con su luz tanto a usted como al resto del Colegio Cardenalicio en la difícil misión de escoger de aquí a pocos días al nuevo Vicario de Cristo, después de la renuncia del actual Papa, Benedicto XVI.

El motivo de mi misiva es sobre un problema, quizás demasiado simple como para que, sin querer, no hayan caído en la cuenta ni usted ni el resto de obispos que forman la Conferencia Episcopal Española. Es normal, pues ¡tienen ustedes tantos problemas, realmente serios por cierto, a los cuales intentar dar respuesta! Me vienen a la mente, entre otros, hacer frente a las desviaciones litúrgicas que en numerosos centros de culto se están llevando a cabo cada día, o a la lucha por hacer frente a tantas depravaciones morales contrarias a la doctrina de la Santa Madre Iglesia, etc. Por ello, se dará cuenta enseguida que, si lo comparamos con lo anterior, el problema del cual le quiero hablar es ciertamente de segunda categoría.

No obstante, insisto, Señor Cardenal, que perdone esta mi osadía. Mi insistencia se debe al hecho que tengo miedo que, a pesar de lo baladí del problema, lleguen ustedes tarde a aportar su pequeño granito de arena en aras de su solución. ¡Perdone mi error!, Señor Cardenal, pues no lo hecho con mala intención. He dicho pequeño granito de arena, después de caer en la cuenta que ustedes siguen siendo muy importantes en nuestro País; por la cual cosa creo que eso de las pequeñeces no va con ustedes y, por tanto, respecto al problema que nos atañe, su aportación sería muy grande. ¡Vaya, para según quién, sería incluso un bombazo!

Me refiero, Señor Cardenal, al tan traído tema de los desahucios. Ya sé que los banqueros no querrían que pasasen estas cosas, ni mucho menos; seguro que también ellos sufren y lo pasan mal. Y lo mismo el Gobierno y los dirigentes políticos. Además, según he podido escuchar en algunas tertulias de una cadena de televisión que depende de ustedes, no se puede atacar a la Banca de manera tan directa (una Banca, por otra parte, que de tanto en tanto contribuye con donativos muy generosos al buen funcionamiento de la Iglesia) ni permitir que el sistema financiero quiebre, si realmente hacemos caso de lo que piden las personas desahuciadas y todas las que les apoyan.

Puede ocurrir que, si nos dedicamos a estas cosas humanas, corramos el riesgo de distraernos en el propósito de profundizar en las exigencias del tiempo que estamos viviendo, la Santa Cuaresma: el ayuno, la abstinencia, las disciplinas, las penitencias, etc.

Sin embargo, hace unos días, Señor Cardenal, quedé turbado por un momento, aunque después pensé que pudiera tratarse más bien de una tentación, al leer unas palabras del profeta Isaías (58,6-7) que decían cosas tan gordas como “El ayuno que me resulta grato, ¿no consiste más bien en romper las cadenas de la injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No está, pues, el verdadero ayuno en compartir tu pan con el hambriento y en dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes?”   

Ya sé también que, según los medios que he citado hace un momento, la mayoría de quienes padecen estos desahucios son culpables por haber intentado vivir por encima de sus posibilidades. Quizás sea verdad. Pero no le parece, Señor Cardenal, que no estaría de más brindarles una segunda oportunidad, tal y como parece decir Jesús cuando recordaba a sus discípulos que “Se había de perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-35).

Quiero acabar para no robarle más tiempo. Sé de sobras que lo realmente importante es la unión indestructible del matrimonio y la santidad de la familia, por cuyas intenciones usted y sus hermanos rezan sin cesar.

Señor Cardenal: si a usted y a los demás obispos les sobra un poco de tiempo de esa tan noble tarea, ¡por favor, diríjanse con voz bien alta a quienes tienen poder para parar tanto dolor y sufrimiento que no hace más que destrozar a muchas personas y también a muchas familias; por quienes, no me cabe la menor duda, hace tiempo ya vienen rezando!

 

Su afectísimo en Cristo:

Juan Zapatero Ballesteros

 

 (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 ecleSALia 21 de febrero de 2013

 

sábado, 23 de febrero de 2013


El año de la fe y la cuaresma: abstinencia y cariad.

 

      El día pasado reflexionábamos sobre la oración como diálogo de amigo a amigo del creyente y Dios. Dinámica de comunión con Dios que me ha creado, que me quiere y me confía una misión. En su reflexión cuaresmal, Benedicto XVI, nos hace esta pregunta:

“¿Cultivo mi amistad y unión con Dios? La medida de mi unión con Dios, la verdadera oración, es la medida auténtica de mi amor a los hermanos.”

       El cristiano, nos dice el Papa, es una persona conquistada por el amor de Cristo y, movido por este amor, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo. Esta actitud nace de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.”

        En esta sociedad en la que vivimos, para servir, es necesario hacerse uno consigo mismo y dejar de ser una hoja que los vientos la llevan para aquí y para allá sin ningún control; y no hay mejor camino que el dominar todo aquello, material y psicológico que se me presenta como apetitoso y vestido de mentira que me dice que si lo hago, consumo o “someto” seré más feliz. El cristiano no nació ayer, lleva 2000 años de historia a las espaldas y sabe que el volar contra corriente, desde el evangelio, es mucho más constructivo que someterse a las bandadas del viento. A eso se le llama abstinencia, que quizás ha quedado ridiculizada al centrarla en “no comer carne y sí pescado”. En los pueblos agrícolas así se hacía dentro de un conjunto de otras acciones y beneficios (limosna, salud, mortificación, conversión), liberación, conquista de libertad para llegar a la Pascua disponible para servir al Señor y a los hermanos. Hoy, hemos de descubrir el sentido de la necesaria abstinencia y no cosificarnos en la carne y el pescado como si fuera un sacramento. Hemos de buscar caminos de mayor liberación que potencien nuestro crecimiento en la fe y disponibilidad para servir al hermano en sus necesidades.

        La Crisis que vivimos nos pide solidaridad, caridad compartida y acciones. Necesitamos, primero, colocar a Dios en el centro de nuestra vida, para que su fuente de luz y amor vivo nos haga personas de Caridad, por eso y ante la situación actual, Benedicto XVI, nos decía “es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana.”
        Estamos llamados a compartir bienes, pero no podemos olvidar que, hoy, el bien más necesario es dar a conocer a Jesucristo. Con Santa Teresa, podemos decir: “Quien a Dios tiene, nada le falta” Eso es caridad.

sábado, 16 de febrero de 2013


El año de la fe y la cuaresma: la oración

Karl Rhaner, un gran teólogo alemán del siglo pasado dijo, un día “el cristianismo del futuro o es místico (manera de unirse a Dios) o no será” La mayoría de católicos no sabemos orar, sabemos rezar (decir oraciones, jaculatorias ,..) todas ellas con un contenido de petición  a un ser superior que difícilmente entendemos como Padre, mientras Él nos quiere hasta dar la vida de su Hijo para nuestra liberación de la desconfianza y de los ídolos; nosotros vamos a la nuestra y “utilizamos  el nombre de Dios en vano”. Nuestro Dios, siempre ha tenido un proyecto en este mundo, donde cada uno de nosotros somos una pieza valiosa, querida y amada.
Muchas personas, aquí y fuera, están sufriendo, el Ev. De las Tentaciones de Jesús desea colocar a Dios en nuestra vida. Hay una frase al  respecto del jesuita alemán Alfred Delp, ejecutado por los nazis: “El pan es importante, la libertad es importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada”. Benedicto XVI, nos dice: “Cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales”. Cuando a Dios se le margina de la propia vida por asuntos “más importantes”, entonces fracasa nuestra democracia, se potencia la injusticia y el desprecio a las personas. Se ponen cargas onerosas a los ciudadanos y los dirigentes se forran, se convierten en chorizos. La Cuaresma nos llama a poner a Dios en nuestra vida y a hacer desde la comunión con ÉL. Que Él, a trasvés nuestro “nos construya la casa común”.